Me preguntaron hace unos días en una entrevista por televisión qué opinaba del feminismo. Parece que por el hecho de trabajar en una revista dirigida a las mujeres me tenían catalogada como feminista y querían
saber mi posición al respecto. Por principio, no lo soy, pues no creo en ningún escuela de pensamiento extremista, cualquiera que ella sea .Creo que el término ‘
feminismo’ se ha desvirtuado y hoy en día significa exactamente lo contrario de lo que pretende, y creo saber porqué.
Este movimiento, liderado por Christabel Pankhurst, cuyo nombre es sinónimo de la lucha para liberar a las mujeres, se inició a finales del siglo XIX en Inglaterra. Reivindicó los derechos civiles y consiguió el voto femenino, pero también por cuenta de sus inconsistencias —pretender que las mujeres somos absolutamente diferentes a los hombres, pero que tenemos que tener derechos en igualdad de condiciones— le creó una fama negra a las activistas en general.
Pero parece que la tal Pankhurst no era ninguna santa, sino una déspota narcisista que explotaba y oprimía a sus copartidarias. La verdad es que esta lucha nunca fue alrededor del derecho al voto o a la igualdad entre hombres y mujeres. Era un intento por revolucionar un sistema social para obligarlo a adoptar los valores morales de las mujeres y con ello elevar el plano moral de la sociedad.
Premisa equivocada que pretende que las mujeres somos superiores moralmente a los hombres, pues éstos encarnan el vicio y nosotros la virtud. Esto conlleva una doble moral y crea dificultades ideológicas que han llevado a confundir el feminismo con el moralismo.
Para las sufragistas, el matrimonio había colocado a las mujeres en una posición de máquinas de producir bebés y de esclavas del hogar. Las prostitutas eran para ellas, las víctimas de unos hombres que nose podían controlar y simplemente necesitaban una mano para salir del infierno. Lo que realmente cambió para siempre la posición de la mujer en la sociedad no fueron las diatribas de las sufragistas, sino la Primera Guerra Mundial que dio pruebas irrefutables del valor, la capacidad de trabajo y las habilidades de las mujeres.
La sociedad cambió porque las mujeres con su esfuerzo propiciaron este viraje. El aporte femenino a la sociedad por fuera del hogar dejó de ser un tema de discusión para convertirse en un hecho. No se trata de que las mujeres se sientan las guardianas de la moralidad, esa no es su función. Tampoco, de aceptar conceptos como los que sostenía Aristóteles sobre las mujeres: “Los esclavos no tienen voluntad propia, los niños tienen voluntad, pero incompleta, y las mujeres la tienen, pero no tienen el poder de ejecutarla”.
El hecho es que al colocar el potencial humano de las mujeres entre las cuestiones a tener en cuenta por toda la sociedad, se consiguió que 50 por ciento de la población que estaba relegado tuviera la oportunidad de aportar ideas y hechos al mundo. Las mujeres se plantean hoy una vida por cuenta propia, hacen un aporte a la sociedad, entienden que el concepto de libertad no es un tema de códigos y legislaciones, sino de ser dueñas de sí mismas, desentirse personas.
Sin embargo, el camino hacia el equilibrio entre hombres y mujeres está lleno de trampas. Hoy tenemos que la nueva realidad de las mujeres se plantea unas perspectivas que hace unos pocos años no entraban en consideración, entre otras, la maternidad como un obstáculo; el pasar del tabú del sexo a la comercialización; de la libertad del cuerpo a la esclavitud de la belleza; de la utopía de la supermujer y la condición de la mujer estresada como un hecho de la vida diaria.