Esta es la pregunta que se hacen las parejas jóvenes cuando están enamoradas y quieren que su relación sea más sólida.
Digan lo que digan, el amor no ha pasado de moda, pero el matrimonio, como tal, sí. Hace 45 años la cohabitación era un fenómeno raro, sólo a los artistas o a los q
ue no tenían muy buena reputación se les ocurría vivir juntos y se decía que “vivían en pecado”. Hoy, algunas parejas escogen vivir así, como una alternativa al matrimonio después de un divorcio. Son parejas adultas, maduras, que tienen hijos y que prefieren
vivir juntos, muchas veces en dos casas para que las fricciones de la vida diaria y las complicaciones que surgen con los hijos de uno y otro lado no terminen con la relación. Pero esta situación es todavía una excepción.
El precio que pagamos ha sido alto: problemas económicos, soledad, depresión, drogadicción, y una generación de hijos inseguros que no quieren repetir la historia de sus padres. El futuro no estaba asegurado, como nos hicieron pensar, y los jóvenes son conscientes de este hecho. Nuestros hijos, hijos del divorcio, quieren a toda costa rebatir esas estadísticas y encontrar la receta mágica para la
felicidad en pareja.
Actualmente, a la mayoría de los novios no se les ocurre pensar en matrimonio con una persona con la cual no hayan compartido por lo menos el baño. Y se deciden por una zona gris, vivir juntos, que no es estar de novios, ni estar casados, pensando que así tienen la oportunidad de conocerse.
De los matrimonios jóvenes, más de 50 por ciento han vivido juntos y los padres no lo vemos como algo censurable. Pero, que lo empecemos a ver como algo normal no lo hace lo más adecuado. Muchos sicólogos están de acuerdo en una cosa: vivir juntos sin ningún vínculo legal antes de casarse es el camino más fácil para acabar con la capacidad de compromiso, y la probabilidad de que esa pareja envejezca junta es apenas de 40 por ciento; 10 por ciento menos que en el caso de un matrimonio. La fórmula que los
jóvenes creen haber encontrado para evitar el divorcio puede ser contraproducente. Es decir, los deja con los problemas de una separación y sin la protección legal.
Debe ser un problema inherente a la naturaleza humana el hecho de que los estándares para vivir juntos y para hacerlo de por vida sean diferentes. La consideración “yo quiero que este hombre sea el padre de mis hijos”, es muy distinta a “pasemos rico viendo televisión y haciendo el desayuno juntos al otro día”. Cuando se convive, parece que las rutinas de la vida se resuelven en un abrir y cerrar de ojos. Se comparten gastos, se tiene un cierto sentido de seguridad y, sobre todo, se tiene compañía, todo esto sin mucho compromiso; no hay por qué hacer esfuerzos.
Lo malo es que los compromisos a medias nunca funcionan. No pretendo generalizar, pero esto le sucede más a los hombres que a las mujeres, pues, para nosotras amor y compromiso son la misma cosa, y los hombres asocian el amor más con placer que con deber. ¡Si casados son infieles, imagínense si no lo están! Bajo estas circunstancias, se sienten con la absoluta libertad de buscar otras opciones cuando las cosas no resultan, pues son dos personas que un día decidieron vivir juntas, pero que no están legalmente casados. Mientras tanto, nosotras las mujeres volvemos al llamado ‘mercado del usado’ después de unos años y las posibilidades de encontrar otra persona o de tener hijos son mínimas, pues el tiempo pasa y el reloj biológico no para.
De todas maneras, este tipo de relación no evita el dolor de la separación y es mucho menos gratificante que la relación marital. La inseguridad financiera y emocional van a la larga en contra de la felicidad de la pareja. Enamorarse y desear construir un proyecto de vida es una cosa, sentirse cómodo unos años y seguir por el camino de la vida como si nada, es otra. El amor verdadero es uno, y los ensayos de convivencia no aseguran que éste se encuentre.
Sándor Márai hace una descripción magistral del amor en su novela
La amante de Bolzano: “Yo tenía ganas de vivir con ella, de beber chocolate caliente por las mañanas, en la cama, a su lado; de viajar a París, de enseñarle el mercado de Saint Germain, el circo de las pulgas, al rey; de calentar para ella la tapadera de un cazo cuando le doliera la tripa; de comprarle faldas, medias, joyas y sombreros de moda. Tenía ganas de envejecer a su lado, de disfrutar junto a ella de los atardeceres que envuelven las ciudades, los paisajes, a los aventureros y a la vida entera. Eso era lo que sentía a su lado…”
¡Se abre el debate! ¿Es un problema de cambio de valores y de conflictos morales, o es hora de volver a los valores de siempre, que nos dan una mejor oportunidad para encontrar la felicidad al lado de la media naranja?